Wall Street es, literalmente, una calle de ocho bloques en el sur de Manhattan, Nueva York. Ahí se fundó la Bolsa de Valores de Nueva York (NYSE) en 1792, y a su alrededor se concentraron los bancos de inversión, firmas de corretaje y casas de valores que durante dos siglos dominaron el sistema financiero global.
Con el tiempo, el nombre dejó de referirse a una dirección física para convertirse en un concepto. Wall Street designa hoy a la industria financiera estadounidense en su conjunto; bancos de inversión, fondos de cobertura, firmas de private equity, gestoras de activos y los mercados donde operan. Es el polo opuesto conceptual de Main Street, el ciudadano común y la economía real, una distinción que aparece en cada debate político sobre regulación financiera, rescates bancarios o desigualdad económica en Estados Unidos.
Para la industria del trading y los mercados financieros globales, Wall Street tiene un peso específico: es donde se fijan los estándares de práctica en banca de inversión, gestión de riesgo y estructuración de productos financieros que luego se adoptan, adaptan o cuestionan en el resto del mundo. Cuando la Reserva Federal actúa, cuando el S&P 500 se mueve, cuando un banco de inversión colapsa, la narrativa inevitablemente pasa por Wall Street como referencia.

