
BlackBull Markets decidió no seguir adelante, por ahora, con la salida a bolsa que venía preparando desde marzo, cuando el broker neozelandés contrató a Barrenjoey Capital Partners, UBS y Forsyth Barr para reunirse con inversionistas institucionales de cara a una doble cotización en la bolsa de Australia (ASX) y en la de Nueva Zelanda (NZX). El cofundador Michael Walker explicó que el consejo de administración ve más valor en ejecutar el plan de crecimiento de la compañía, calificó de constructivas las reuniones con inversionistas y dejó la cotización abierta como opción futura, sin fecha definida.
Los números que los fundadores mostraron a fondos de inversión en Sydney describen a una empresa sin urgencia de capital, con ingresos de 108 millones de dólares neozelandeses en su último ejercicio, un EBITDA de 55 millones y una utilidad neta de 38 millones, según la presentación que circuló en marzo. El margen EBITDA ronda el 50%, mientras el volumen que declara la compañía se acerca a los 200.000 millones de dólares al mes, con clientes en más de 180 países.
Walker ya había dicho en marzo que el nombramiento de los tres bancos era exploratorio y que no respondía a una necesidad inmediata de liquidez, una lectura coherente con la forma en que está repartido el capital. Los dos cofundadores, Walker y Selwyn Loekman, siguen al frente de la compañía, mientras LMAX Group tiene cerca del 20% desde 2024 y un fondo de private equity de Milford Asset Management conserva otra participación minoritaria. Con una operación que genera caja por su cuenta, cotizar tiene más que ver con la valuación y con dar liquidez a esos socios que con financiar el crecimiento.
La preparación para el mercado público se ve en la gobernanza que BlackBull incorporó en los últimos tres años, primero con la entrada de Milford en 2023 y la llegada de Simon Botherway, expresidente del consejo fundador de la FMA neozelandesa, a la presidencia del consejo de administración. LMAX sumó después ejecución institucional y la infraestructura de LMAX Digital, que amplió la oferta cripto de un broker que ya listaba más de 26.000 instrumentos.
Un broker de CFD cotizado sigue siendo poco frecuente en una industria que opera mayoritariamente en manos privadas, con obligaciones de reporte limitadas a lo que pide cada regulador. La salida a bolsa habría llevado a BlackBull a publicar cada trimestre las métricas que el sector suele reservar para sus socios, desde los ingresos por jurisdicción hasta cuántos de los clientes que abren cuenta siguen operando un año después.
Las cifras públicas que sí existen corresponden a su entidad neozelandesa, Black Bull Group, cuyos fondos de clientes casi se duplicaron en el año cerrado en marzo hasta rozar los 100 millones de dólares neozelandeses, después de haber pasado de 29 a 53 millones en el ejercicio anterior, según sus estados financieros. Esa entidad, regulada por la FMA, cubre solo una parte del negocio, porque la clientela internacional se atiende a través de BBG Limited, con licencia de la autoridad financiera de Seychelles.
Los clientes de América Latina forman parte de esa segunda estructura, que el broker viene desarrollando con un equipo regional, atención en español y presencia en eventos del sector como Wealth Expo en Lima, donde la propia compañía reportó nuevos acuerdos con IBs. Para quien opera en la región, el dato relevante es cuánto pesa ese negocio dentro de los 108 millones de ingresos, una cifra que BlackBull no desglosa y que un prospecto de salida a bolsa habría tenido que mostrar.
La pausa deja a uno de los pocos brokers de CFD que llegó a sentarse con bancos de inversión para cotizar creciendo en privado, con LMAX y Milford como socios y sin necesidad aparente del capital que ofrecía el mercado. Walker asegura que la opción sigue abierta, aunque fuera de las salas de reuniones de Sydney nadie sabe todavía qué parte de ese crecimiento viene de América Latina, ni cuánto tiempo le conviene a la compañía seguir sin contarlo.