
El regulador financiero de Australia, ASIC, emitió una alerta el lunes sobre el avance de las estafas con criptomonedas que operan a través de grupos de WhatsApp y Telegram, donde los defraudadores promueven plataformas falsas de trading que muestran ganancias inventadas, posiciones inexistentes y datos completamente fabricados. La advertencia, publicada en conjunto con el National Anti-Scam Centre, llega después de que ASIC retirara cerca de 12,000 sitios de phishing e inversión fraudulenta solo en 2025.
El esquema es el mismo de siempre. Anuncios en redes sociales que ofrecen "consejos de trading", invitación a un grupo privado, recomendaciones supuestamente firmadas por figuras conocidas (suplantadas), y una plataforma cripto que parece real hasta el momento del retiro, cuando aparecen las llamadas comisiones de desbloqueo. El dinero nunca estuvo invertido. Fue directo a la cuenta del estafador.
Lo relevante no es el método, es la población que está cayendo. Según los datos de MoneySmart citados por ASIC, el 23% de los australianos entre 18 y 28 años tiene criptoactivos, dos tercios de ellos operan con horizonte corto o especulativo, y el 29% basa sus decisiones en lo que ve en redes sociales. El 72% de la Gen Z australiana ve anuncios de cripto en redes y el 41% ha sido contactado directamente por alguien para "invertir". El problema entonces no es solo el fraude. Es que existe una generación entera de inversores cuyo primer contacto con los mercados financieros pasa por un grupo de mensajería.
Las cifras coinciden con lo que muestra el resto del mundo. La firma de seguridad blockchain Scam Sniffer documentó un crecimiento del 2,000% en estafas cripto distribuidas vía Telegram entre noviembre de 2024 y enero de 2025. Chainalysis estima pérdidas globales por fraude cripto de USD 17,000 millones en 2025, frente a USD 12,000 millones en 2024. El FBI registró USD 11,370 millones en pérdidas relacionadas con cripto solo en Estados Unidos, un récord histórico.
América Latina aparece poco en estos titulares, pero los números regionales no son menores. Entre julio de 2022 y junio de 2025, la región acumuló cerca de USD 1.5 billones en volumen de transacciones cripto según el último Geography of Cryptocurrency Report de Chainalysis, con un pico mensual de USD 87,700 millones en diciembre de 2024. Brasil concentra buena parte del crecimiento institucional. Argentina, Colombia y México impulsan la adopción retail, alimentada por inflación, devaluación y acceso limitado al sistema bancario tradicional. Es exactamente el perfil que los esquemas descritos por ASIC saben aprovechar. Usuarios jóvenes, sin educación financiera formal, con apetito por rendimiento rápido, expuestos a las mismas apps de mensajería que en Sídney o Melbourne.
ASIC además advierte sobre los recovery scams, una segunda capa del fraude donde los mismos estafadores (u otra red coordinada) contactan a las víctimas ofreciendo recuperar los fondos perdidos a cambio de una comisión adelantada. La víctima paga otra vez. Pierde otra vez. La FCA británica reportó casi 500 casos solo en 2025.
Para un broker regulado o una fintech operando en LATAM, esto plantea una pregunta incómoda. La industria del trading retail compite por la atención del mismo perfil demográfico que estos esquemas están explotando. Cuando un joven en Bogotá o São Paulo busca cómo empezar a invertir, el primer resultado raramente es un broker, suele ser un grupo de Telegram. La diferencia entre un onboarding regulado y una estafa coordinada no la define el producto. La define quién llegue primero al usuario.
ASIC actuó como puede actuar un regulador. Publica alertas, retira sitios, advierte. El problema de fondo no se resuelve ahí. La región no tiene un déficit de contenido financiero. Tiene un déficit de educación financiera real, dictada por profesionales con credenciales, con currículum trazable, con responsabilidad académica detrás. Lo que el inversor nuevo encuentra en LATAM es marketing de cursos vendidos por influencers, embudos de captación disfrazados de educación, webinars gratuitos diseñados para convertir, no para enseñar. Cuando una estafa le cuesta a un joven en Medellín los ahorros de tres años, no es solo un fraude. Es el resultado de un negocio que vive de captar usuarios y todavía no encontró cómo formarlos sin convertir cada pieza educativa en un embudo de adquisición. Es una tensión real, no un defecto moral. Pero seguir pretendiendo que no existe es lo que deja el espacio abierto para que el grupo de Telegram lo ocupe.